miércoles, 11 de julio de 2012

La Liberacion

Reptaba asquerosamente, similar a las babosas. Si al menos le hubiera metido un tiro, o le hubiera cortado el cuello pero no se como como se me ocurrió inyectarle toda esa droga, que la hacia revolverse de forma tan repulsiva, pero se lo merecía, se merecía mil muertes, mil tormentos.
Era una traidora, eramos felices, yo era fantasioso y ella pervertida. Era bella, era excitante, pero nunca quiso parar, siguió inyectandose aquella porquería, esa droga sintética que tantas nauseas me provocaba, nada como la marihuana, el hongo, el peyote, eso era sano, era bello, era otra onda.
Así era ella, ella y sus cochinadas pero no quería saber mas, solo quería robar farmacias, atascarse de basura con su amiguita y hacerle el amor, demonios, me volvía loco, con un poco de mezcalina nos perdíamos en un paroxismo de lujuria y sexo capaz de provocarle un infarto a cualquier persona normal.
Esa era nuestra vida, minuto a minuto al máximo, violencia, sexo, drogas y rocanrol, todo lo que asusta a las personas con moral y decencia.
Pero quiso el destino que llegara el bastardo, el hijo de perra mas grande que haya existido, vino con sus discos de rock macizo y sus drogas psicodélicas y hablándonos de lo que vendría, de nuestro futuro, y conociendo nuestras vidas. Llegó con su cuerpo atlético y sus barbas de profeta puerco.
Nos habló de su religión, de un culto nuevo del que se decía único Mesías, predicaba el exterminio de la gente común, de aquellos que no merecían pisar el asfalto ni escupir en las alcantarillas.
Nos entusiasmamos con su doctrina, nos emocionamos y fuimos sus primeros seguidores y lo apoyamos moral y económicamente. Se adueñó de nuestra casa, de nuestra cama y de nuestra ropa, y nombró a mi pareja como la madre de los defensores de la vida verdadera.
Ella se sintió soñada y empezó a cambiar, y ya no accedía tan fácil a mis requerimientos amorosos, ya no aceptaba algunas de  las formas perversas que teníamos de hacer el amor y que antes gozaba demoníacamente. Comprendí que el culpable de todo era el Mesías, era una cobija llena de chinches y tenia que deshacerme de el.
Cierto día fui a conseguir droga, y estuve a punto de morir, pero quiso el diablo que saliera vivo de ese trance. Llegué lleno de gozo, tanto por haber salvado la vida, como por haberme llevado entre las patas a un policía y haber conseguido gran cantidad de dulces.
Esperaba el recibimiento que se le brinda a un héroe de guerra y lo que encontré fue el acabóse del empecé. El enviado y mi mujer estaban enfrascados en una posición sexual que a ella le resultaba incomoda y aburrida, pero esta vez parecía gozar tanto que tenia los ojos en blanco.
Me cegó la ira y tome al Mesías de los cabellos y lo tiré al suelo, lo golpeaba tan rápidamente que no le di tiempo de defenderse, solo gritaba algunas maldiciones, y lo molí a patadas con mis botas de casquillo hasta mucho después que hubiera muerto.
El Iluminado era una masa sanguinolenta y ella era un tierno corderito desvalido en las garras de una fiera sedienta de sangre. La tomé de los cabellos y me pidió perdón, me prometió todo lo habido y por haber, me juró arrepentimiento y amor eterno, pero yo era Mr. Hyde, un superhombre, un atroz paranormal, el mítico Dios de la destrucción, el padre de todas las muertes, el forjador del dolor a sangre y fuego, y ella era plastilina en mis manos.
Entonces quise matarla, en breves minutos pasaron por mi afriebrada mente miles de tormentos, pero ninguno resarciría mi orgullo herido, mi ego lastimado. La medicina del Profeta me pareció mejor, ella estaba paralizada por el terror y no fue difícil preparar la dosis perfecta y llenar la jeringa. El líquido entró lenta y gradualmente por la yugular, gozaba cada mililitro como si fuera una eyaculación, sentí un orgasmo pensé, "la mejor droga del mundo es matar".
Me sentí omnipotente, como si tuviera en mis manos el poder de la vida y la muerte, haciendo parecer al Profeta, a mi lado, como un pedazo de estiércol.
La estoy viendo en los últimos estertores de la su vida, sus espasmos no me dicen absolutamente nada.
Cuando hubo aterrizado mi avión, vi el reguero de sangre y un cadáver tetricamente esparcido por toda la habitación y una asquerosa iguana muriendo epilepticamente, apocalipticamente, babeando como perro rabioso y gimiendo como condenada al fuego eterno. Sentí el peso de mi culpa, sentí mi maldad como una lápida cayendo sobre mi, y grit'e y lloré y reí. Vomité todo el mal que tenía dentro, todo el mal acumulado en mis entrañas y el mundo de repente, se hizo intangible, se tornó etéreo y me sentí lleno de una paz abrazadora, como el sueño de un niño inocente, quedé libre de toda culpa y me sentí limpio como nunca antes, ni en mi mas remota niñez, me senté tranquilamente en un sillón mirando el amanecer limpio y diáfano y me di cuenta que el futuro era sonriente.

                                                                              31 de Diciembre de 1991

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